miércoles, 27 de septiembre de 2017

Premio Namuncurá

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Destinado al alumno Agustín Olbinsky   premiado en el concurso de cuentos mapuches y al curso 2° Año "C" del  L.A.M. quienes en grupo reelaboraron el cuento compitiendo en la instancia final en la filmación de su producción literaria con las otras divisiones de 2° Año.

El reconocimiento  para el primer premio  lleva el nombre de: "Premio Namuncurá", en recuerdo de: El cacique Namuncurá,  quién se constituyó en un referente por valores y capacidades sociales, que desarrolló en su tiempo.
Su padre, muere con casi 100 años y tomará el mando su hijo: NAMUNCURÁ, que significa “Pie de Piedra”.[1]
Desde ese momento, Namuncurá ofició de embajador de su pueblo con Rosas. [2]
Juró lealtad y cumplimiento a la Constitución Argentina de 1853. [3]
Peleó contra las tropas del Ejército Argentino comandadas por Julio Roca en la campaña del Desierto. [4]
En 1884 visitó Bs As e impresionó al gobierno argentino por su sencillez y grandeza. 
En 1886, nació su hijo Ceferino Namuncurá beatificado por la iglesia católica.
De su desempeño resaltan los valores de lealtad, sencillez, franqueza, respeto por la cultura propia y vecina  y capacidad de integración.
Por esta puesta de valores, que favorecieron en su tiempo una convivencia de mayor tranquilidad, se propuso este nombre, en la convicción de generar en los y las alumnas de 2do año, un mayor estimulo en la afirmación de estos valores, rescatando de la historia, relatos y acciones que confirman cómo es posible generar buen ambiente social, a pesar de las diferencias de cualquier orden: de idioma, religiosas, culturales y organización comunitaria.
 

A continuación, agregamos el texto del cuento ganador en dicho Concurso literario sobre Cuentos Mapuches.

Nehuén, el niño mapuche
La brisa del viento zonda se deslizó por mi cara como una caricia, me desperté, era muy temprano. Me levanté y vi a mi mamá con sus largas trenzas que estaba tejiendo. Nos hacía unos hermosos abrigos para mis hermanos y para mí, yo soy el mayor de cinco.
Estaba muy contento porque mi papá me iba a enseñar muchas cosas. Él es muy valiente, le encanta cazar. Me preparé y salimos caminando por las extensas planicies de la Patagonia. Me enseñó a usar las boleadoras, me golpeé un par de veces, pero estaba muy entusiasmado y lo hice con muchas ganas.  Me dijo que aprendí muy rápido, y que debía conocer esto que era parte de nuestra historia. Seguimos caminando y hablando. En un momento, a lo lejos divisamos un guanaco, nos agachamos y nos fuimos acercando muy lentamente, en contra del viento, mi papá dijo que era para que no se nos escape. Cuando ya estábamos a pocos metros, mi corazón latía fuerte, estaba un poco asustado, pero no le dije nada. Por detrás le lanzó las boleadoras y lo derribó. Me dijo que lo ayudara, y entre los dos lo atrapamos, estaba muy orgulloso de mí. Cuando regresábamos, me contó que había un lugar que le llaman escuela, donde hay una señorita que le dicen maestra, y enseña muchas cosas para que los chicos puedan tener un futuro mejor. Aunque no entendí mucho lo que me decía, él estaba muy feliz por mí, y quería que fuera a ese lugar.
            Llegó el día. Me vestí con el abrigo nuevo que hizo mi mamá, con lana de guanaco, estaba muy ansioso de conocer esos chicos, contar mi vida, escuchar sus historias y aprender para ser grande. Luego de viajar por casi dos horas a caballo, llegamos a una casa muy linda, mi papá me dijo que esa era la escuela. Entré y todos estaban sentados, una señora parada adelante, me miró y les dijo: ”- chicos, él es Nehuén, su nuevo compañero”, se dieron vuelta, yo me sonreí, y algunos empezaron a reírse, la maestra los regañó. Me senté en un rincón, todos me miraban raro. La maestra hablaba, algo en mapuche y algo en una lengua que no entendí. Le pregunté a un niño que estaba detrás, como se llamaba, no me respondió y giró su mirada. Cuando salimos, hablaban entre ellos, me miraban y se reían, creo que era por el abrigo que hizo mi madre. Me sentí muy triste. Mi papá me estaba esperando, fui corriendo hacia él, le dije que quería ser cazador, y nunca más quería volver a ese lugar, él me miró, se le cayó una lágrima, y no me habló en todo el camino.
            Los días siguientes, sólo se dirigía a mí para llevarme a la escuela. Esos niños no entendían mi lengua, se seguían riendo de mí. No quería ese lugar, no entendía por qué mi padre me obligaba a ir, odiaba ser mapuche. Un día, la maestra, que se llamaba Ayelén, se acercó, me ofreció una galleta y habló en mi lengua. Me contó que su familia también era mapuche, pero que hace unos años se habían mudado al pueblo, y había aprendido a hablar en español. Me dijo que no me tenía que dar vergüenza pertenecer a un pueblo originario, que éramos muy fuertes y valientes. Me hizo entender que mi papá quería lo mejor, para que, en nombre de nuestro pueblo, podamos defendernos y que la sociedad nos respete, por eso era importante que vaya a la escuela. A partir de ese día, fui con confianza y valor, y solo me interesaba aprender para crecer, sin importarme las burlas de los otros niños.
Una mañana, entró Pedro, un compañero, corriendo y gritando: “-¡Un jaguar, un jaguar!” , todos se alborotaron dentro del salón. Mientras Ayelén trataba de calmarlos, salí y observé los ojos del felino, pero algo no estaba bien. Me agaché y fui acercándome lentamente, recordé las enseñanzas de mi padre. Era un cachorro herido, estaba muy débil, le inmovilicé las patas con mis boleadoras, pero el cachorro estaba muriendo. Regresé a la escuela y estaban todos mirándome por las ventanas, cuando entré me aplaudieron y dijeron que fui muy valiente. Le conté lo ocurrido a la maestra, le dije que necesitaba hojas de arrayán, que ayudaría a sanar las heridas. Cuando mi padre me buscó, le narré muy exaltado todo lo ocurrido, se sonrió, fuimos hasta el jaguar, que ya se encontraba mucho mejor. Me felicitó y dijo que sin mi ayuda el felino no hubiera sobrevivido. Lo alejamos de la escuela.
            Estaba muy feliz y orgulloso de ser mapuche. Desde ese día todos querían ser mis amigos y que les enseñara tradiciones de mis ancestros. Mi padre dijo que le hice honor a nuestro pueblo, y a mi nombre, que significa “fuerte”.
 
Esta actividad interdisciplinar compartida con los docentes del L.A.M.: Prof. Gilda Ríos, Prof. Lucía Camacho, Prof. Emiliano Juan , Prof. Fabián Mascellari e integrantes de la Oficina de Género, concluyó con la muestra del video y la entrega del Premio Namuncurá.