lunes, 26 de mayo de 2014

Otro soldado con falda!

Doña Pepa, la Federala, fue otro de los soldados con faldas que pasaron a las crónicas gracias a su prolongada actuación en las filas. Llegó a ser alférez graduada de caballería de los ejércitos rosistas.

En 1844 presentó una solicitud de ajuste de sueldos y otorgamiento de premios en razón de los servicios prestados. Declaraba ser viuda del sargento mayor Raimundo Rosa, muerto en 1820 en Cañada de la Cruz.

Ella había servido a la patria desde 1810. En 1839 estuvo Pascual Echagüe, llevando veintiséis voluntarios bajo sus órdenes. Fue bombera en las trincheras de Lavalle donde, al ser descubierta, la raparon y sentenciaron a muerte, logrando escapar. 


Participó en la batalla de Sauce Grande, librada entre fuerzas de Lavalle y Echagüe. Allí fue herida y conducida a Paraná, de donde pudo pasar a la provincia de Buenos Aires, incorporándose al regimiento mandado por Vicente González, apodado “Carancho del Monte”, que participó en la campaña de Oribe contra Lavalle.
En Quebracho Herrado, donde Oribe fue vencedor, Josefa, convaleciente de sus heridas, se hizo cargo del hospital de sangre. Continuó hasta la derrota de Lavalle en Famaillá y posteriormente   se trasladó a Buenos Aires, desde donde dirigió a Rosas la nota mencionada, que firmaba “Doña Pepa la Federala”.

A propósito de este personaje, el general José María Sarobe, en su libro Urquiza, apunta que “las mujeres soldados acompañaron en gran número a los ejércitos de Rosas, siendo ardientes propagandistas del sistema encarnado en la persona del “Ilustre Restaurador de las Leyes”, cuya causa sirvieron siempre con fe ciega y devoción religiosa.
 Algunas de estas mujeres, astutas y hábiles, familiarizadas con la vida militar y hechas a sus riesgos y penurias, hacían de “bomberas” introduciéndose en los campamentos del enemigo y seduciendo a la tropa para propalar noticias falsas o rumores alarmantes, conseguir así la deserción y conmover la moral de los hombres.

Algunas de ellas rivalizaron con los soldados en el desempeño de los deberes militares y, por su actuación distinguida en acciones de guerra o misiones arriesgadas, obtuvieron grados de oficial.”
“No eran así seguramente –son conceptos del general Paz en sus Memorias- los ejércitos que mandaba el general Belgrano y últimamente nos ha dado ejemplo Urquiza, que hizo su invasión a Corrientes en 1846 sin llevar en su ejército una sola mujer.” En efecto, la orden del día 28 de junio de 1843, en su artículo 2º decía: “Se previene al ejército que no podrá seguirle ninguna mujer, bajo ningún pretexto”. Sin embargo, el propio Paz debió admitir después de Caaguazú que, mortificadas sus tropas por el calor y la falta de agua, fueron las mujeres las que se encargaron espontáneamente de esta operación (transportar agua a la línea de guerrillas),
“y aunque habían pasado muchas contraviniendo mis órdenes, pues las había mandado quedar al otro lado del río Corrientes, tuve que capitular y permitirles seguir en su utilísima operación.”

Sarmiento también opinó sobre la presencia femenina en las filas: “Las mujeres–decía-, lejos de ser un embarazo en las campañas eran por el contrario el auxiliar más poderoso para el mantenimiento, disciplina y servicio de las montoneras. Sirven en los ejércitos para hacer de comer a los soldados, repararles sus vestidos, cargar las provisiones y equipos, guardar las caballadas durante el combate y aumentar la línea o fingir reservas cuando es necesario.
Su inteligencia, su sufrimiento y su adhesión sirven para mantener fiel al soldado, que no puede desertar o no quiere teniendo en el campo todo lo que ama.

Fructuoso Rivera no deja jamás a las mujeres de los soldados atrás. Es el padrino de todos los nacidos y el compadre de todos sus jefes y soldados. Las mujeres vestían uniforme, más completo que el de los hombres, por cuanto servían de almacén, de depósito para transportarlos.

El general Lavalle estuvo alojado ocho días en la estancia del doctor Vélez. Tenía ciento veintiséis mujeres en su regimiento, todas con morriones de penacho rojo, altos como se usaban entonces y tan completamente equipadas, que formaban a la izquierda del regimiento con la mayor compostura.” Aclaraba además Sarmiento: “En Caseros cayó prisionera la chusma del cacique Catriel, pues los indios, de quienes nos viene esta costumbre, llevan sus mujeres y ocupan éstas la retaguardia con sus caballos.”[1]




[1] Sosa de Newton L. (2006) Las mujeres en los ejércitos argentinos. Las Mujeres y sus Luchas en la Historia Argentina. Bs.As. pag-26/27